Opinión 

El comentario de hoy, jueves 26 de diciembre 2019

Como muchos oaxaqueños sentimos una profunda indignación y coraje por el estado que hoy guardan algunos sitios emblemáticos de la capital oaxaqueña, como el zócalo, por ejemplo. Y nos preguntamos: ¿cuándo y por qué perdimos ese patrimonio de todos los que habitamos en la ciudad? ¿Cuáles fueron las causas que propiciaron que organizaciones, grupos indígenas y otros, se apropiaran de manera ilícita de esa parte espiritual de los citadinos y en general, de todos los oaxaqueños?

El zócalo es, hoy en día, sólo un sitio de nostalgia y recuerdos. Era el sitio de reunión de las familias que acudían a disfrutar los conciertos de la Banda de Música del Estado, los domingos debajo del laurel; a pasear por sus jardines; a disfrutarlo con los niños o la novia. Después de cenar, a sentarse a escuchar los acordes de las Marimbas del Estado o de la misma Banda, que amenizaba desde el quiosco. Eso se acabó. Hoy sólo se escuchan las consignas; los aparatos de sonido de aquellos que lo convirtieron en sitio de protestas y chantaje.

Para cruzar de Flores Magón a Guerrero, era antes común hacerlo a través de los pasillos del Palacio de Gobierno. Hoy no. Ya tienen dueño: decenas de indígenas triquis, que desde 2010 se posesionaron contra derecho de ese paso peatonal, instalaron ahí su tianguis, hotel, cocina y comedor. Y han pasado al menos una administración y parte de otra, sin que haya el menor propósito de recuperar ese espacio de los ciudadanos.

Con el adjetivo de “cautelados”, se han vuelto sencillamente intocables, pese a que el gobierno estatal tiene todos los elementos para poder apelar a dicha protección en la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. Un ingrediente adicional son los comerciantes en la vía pública que, con el ardid de que se quieren ganar la vida de manera lícita -¡Claro, invadiendo y comercializando los espacios comunes!- se han adueñado, prácticamente de dicho espacio emblemático.

Y ahí de nueva cuenta la disputa de las competencias: no es atributo del gobierno estatal sino del municipal. Echarse la bolita; las culpas ajenas. Lo cierto es que ante la sociedad, el zócalo de la capital es un patrimonio perdido, ante la apatía, la abulia, el miedo a aplicar la ley y el deseo insano de que arregle el asunto el que viene atrás. Para el oaxaqueño que hoy retorna el terruño esto es una infamia; para el turista que desea conocer dicho espacio emblemático, en toda su magnitud, es una afrenta y para quienes lo conocimos como el corazón de la ciudad es, sencillamente, un agravio. (JPA)

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